UN MIGRANTE MÁS

He viajado a Estados Unidos muchas ocasiones, nunca me había tocado entrar cruzando el Río Bravo, con la sensación de que te llevara la corriente, con algo de miedo después de tantas historias de migrantes ahogados. A mis costados haitianos, guatemaltecos, hondureños y uno que otro cubano, que me hacían sentir, si ellos pueden ¿por qué yo no? ¿Qué los impulsa?

Poner las botas del otro lado del Río Bravo y que la mezcla del agua que escurría de mi ropa con la tierra de suelo estadounidense formara ese lodo fue una sensación de alivio. Para subir una pequeña barda me dio la mano un migrante cubano, que me dijo “mejor morir aquí que regresar a Cuba” recuerdo cuando le dije, después de caminar rumbo al campamento migrante, ya me voy, ahí viene la migra y salí corriendo rumbo al Bravo.

El lodo para muchos sería suciedad, para los miles de migrantes genera la misma sensación de cuando de niños jugábamos con lodo, felicidad. Siendo sinceros yo mismo me sentí un migrante, con el miedo de ser deportado pero también sentí esa misma felicidad al ver el lodo en mis botas.

La felicidad termina para muchos pronto, cuando las autoridades migratorias de Estados Unidos les invitan a subir “amablemente” a un avión y regresar a la tierra de la que había huido, para otros, muy pocos, el sueño norteamericano posiblemente se cumpla.

Ensuciar los zapatos de lodo es indispensable para ser un buen periodista: sentir lo que los demás sienten, vivir lo que los demás viven, ponerse en los zapatos de los otros. Lo anterior más la preparación y el estudio continuo permiten que un periodista cumpla con su labor fundamental de informar la verdad, a la sociedad.

Migrar no es una diversión, migrar no son vacaciones, migrar no es por gusto. Se le llama migración forzada.

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